Como psicóloga recién licenciada, aprendí a escuchar más allá de las palabras: a observar los gestos, los manerismos y hasta los silencios incómodos. Sin embargo, nada me preparó para la intensidad de la masculinidad tóxica que presencié en dos asambleas recientes. Varios hombres dominaron el espacio con gritos, acaparando la conversación y mostrando una actitud de superioridad que se sintió como un portazo en la cara al diálogo.
Vivimos en una sociedad donde la agresión aún se confunde con liderazgo, y donde a muchos hombres se les enseña que mostrar emociones es señal de debilidad. Desde pequeños los entrenan para interrumpir, para imponer, para ganar cada discusión como si fuera una batalla. No es casualidad. Estudios recientes en psicología social han identificado componentes clave de la masculinidad tóxica —como la necesidad de dominio, la represión emocional y el rechazo a la vulnerabilidad—. Un ejemplo es la revisión sistemática de Mokhwelepa y Sumbane (2025), que documenta cómo las normas masculinas tradicionales dificultan que los hombres expresen emociones o busquen apoyo incluso cuando lo necesitan.
No escribo esto para señalar, sino para invitar. Invitar a mirar con honestidad cómo construimos lo que significa “ser hombre” en Puerto Rico. A reconocer que hay formas de masculinidad que hieren, aíslan y limitan, pero también otras que pueden sanar, escuchar y construir.
Necesitamos criar y acompañar hombres que no teman sentir, que se atrevan a ceder, a pedir perdón, a compartir el espacio. Que entiendan que la empatía no los debilita, los humaniza. Puerto Rico no necesita más voces que griten para imponerse. Necesita hombres valientes. Y ser valiente, hoy, es atreverse a cambiar.