Criar es una de las experiencias más retantes de la vida. Con frecuencia nos enfocamos en lo que no funciona con nuestros hijos: las notas bajas, las malacrianzas, la falta de disciplina, el cuarto sucio. Nos preguntamos con ansiedad: “¿lo estaré haciendo bien?”.
La psicología tradicional nos ha dado herramientas valiosas para atender síntomas y diagnósticos. Pero también puede atraparnos en la mirada de la carencia. La psicología positiva, propuesta por Martin Seligman a finales de los noventa, ofrece un giro distinto: reconocer y cultivar las fortalezas que ya existen en cada persona (Seligman & Csikszentmihalyi, 2000).
En la crianza este concepto se vuelve poderoso. ¿Qué pasaría si, en lugar de enfocarnos en los errores, resaltáramos la curiosidad de nuestros hijos, su creatividad, su sentido del humor o su capacidad de colaborar? Un niño con energía inagotable puede canalizarla en el deporte. Una madre que es “demasiado sensible” puede transformar esa sensibilidad en empatía profunda hacia sí misma y hacia sus hijos.
No se trata de ignorar los retos ni de dejar de poner límites, sino de equilibrar la mirada. En mi experiencia, cuando un padre empieza a reconocer y nombrar las fortalezas de su hijo, la relación cambia. Aparece la confianza, se facilita el aprendizaje y hasta la disciplina fluye con menos resistencia. Y cuando los padres reconocen sus propias fortalezas —la paciencia, el humor, la perseverancia— descubren que no necesitan ser perfectos para criar bien.
Criar desde las fortalezas no es una fórmula mágica ni trae resultados inmediatos. Pero sí es una invitación a cambiar la óptica con la cual vemos las situaciones: nuestra mirada puede ser fertilizante o puede ser venenosa. Al final, lo que nutrimos en nuestro hogar tiende a crecer. Ese es el verdadero poder de la psicología positiva en la crianza: ayudarnos a ver el potencial donde antes solo veíamos el problema.