En días recientes se publicaron cifras que nos sacuden: las hospitalizaciones psiquiátricas de adolescentes en Puerto Rico se duplicaron durante el mes de octubre, según reportó El Nuevo Día. Y casi un 59% de estudiantes en grados intermedios y superiores dice sentirse solo. Es un cuadro desgarrador.
Forma parte de una realidad más amplia. El Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH, por sus siglas en inglés) reporta que más de uno de cada siete jóvenes vive con algún trastorno de salud mental. El 21% de los adolescentesnecesitó tratamiento psicológico el año pasado y, quizás lo más frustrante para familias y profesionales, el 61% de quienes necesitan ayuda encuentran barreras para recibirla. El Cirujano General de Estados Unidos también ha advertido que el uso excesivo de redes sociales amplifica síntomas de ansiedad y depresión entre adolescentes.
Frente a estos números abrumadores, surge una pregunta urgente: ¿quién cuida a las madres, padres y cuidadores que sostienen a estos jóvenes en crisis?
Acompañar a un adolescente que enfrenta ansiedad, depresión, autolesiones o dificultades de regulación emocional es algo que se experimenta en cada parte del cuerpo. Es preocupación constante. Es revisar la respiración de tu hijo por la noche. Es preguntarte si estás haciendo lo suficiente. Es seguir funcionando mientras sientes el corazón apretado. Y aun así debes coordinar citas, reuniones en la escuela, trabajo, responsabilidades y rutinas. Todo ocurre a la vez, sin pausa, sin preparación previa… muchas veces en soledad y silencio.
La evidencia es clara: la regulación emocional del adulto es un factor protector importantísimo para el joven. Pero nadie puede regular lo que no ha tenido espacio para sentir. Nadie puede ofrecer calma si vive en modo de crisis. La Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés) recuerda que la terapia para cuidadores no es un lujo; es un apoyo esencial. Ayuda a comprender lo que está ocurriendo, a manejar emociones intensas, a comunicarse mejor con el joven y a tomar decisiones sin estar dominados por el agotamiento. Apoya al adulto para que no se pierda de sí mismo en el proceso de cuidar. Ese cuidado mejora el pronóstico del adolescente.
El Instituto Nacional de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) también señala que prácticas basadas en mindfulness pueden convertirse en una especie de ancla. No requieren grandes esfuerzos: inhalar por tres segundos y exhalar por tres, notar dónde se acumula el estrés, hacer una pausa antes de responder, poner en palabras la emoción del momento. Son gestos pequeños, pero abren un espacio donde antes solo había presión.
También está la quemazón del cuidador, el caregiver burnout, del que hablan los estudios. Es real. No es debilidad ni falta de carácter. Son los efectos naturales de sostener demasiado por demasiado tiempo: agotamiento físico y emocional, irritabilidad, distanciamiento, insomnio, la sensación de que no puedes más. Y aun así, seguir.
La salud mental de un adolescente nunca debe descansar únicamente en una madre exhausta o un padre que está tratando de ser fuerte cuando no tiene dónde apoyarse. Buscar ayuda no es fallar. Es proteger a la familia.
Si estás acompañando a un joven en crisis, esto es para ti: Tú también necesitas apoyo. Tú también mereces descanso, comprensión y claridad. No eres menos fuerte por cansarte. No eres menos buen padre o madre por pedir ayuda. Al contrario. Cuidarte es el acto más profundo de amor hacia tu hijo.
Las estadísticas recientes en Puerto Rico nos recuerdan que urge fortalecer los servicios de salud mental. Mientras tanto, el bienestar del cuidador no puede esperar. Cuidar a quienes cuidan es fundamental para que nuestros jóvenes puedan estar bien.